DE PIEDRA A SÍMBOLO

Texto de Carlos Pérez Reyes
La luz de la noche II. 2003

Acercarse a la producción de Pedro Zamorano es situarse en alguna de las claves que dan sentido y misterio a la plástica contemporánea: profundo conocimiento de los materiales, captación de los volúmenes esenciales, búsqueda de símbolos trascendentes al tiempo que cercanos y cotidianos y, por encima de todo, enraizamiento en la naturaleza.

En los primeros de estos aspectos, el conocimiento de los materiales y el logro volumético, Pedro Zamorano se instala en una tradición que, heredera de canteros y otros artesanos, ha sabido superar los códigos populares y repetitivos de siglos, asi como las referencias culturales de las redescubiertas y revalorizadas civilizaciones extraeuropeas, dotándolas de un aliento plástico moderno que bucea en las búsquedas de los pioneros de las primeras vanguardias (H. Arp, C. Brancusi…), y sus derivados – (H. Moore, B. Hepworth, I. Noguchi -), hasta conectar con quienes en nuestro país especialmente desde los sesenta a nuestros días, han bebido en las fuentes populares y matéricas, tanto en los círculos vascos que conoció en su primera juventud (J. Oteiza, E. Chillida, N. Basterrechea, R. Mendiburu…) como en los de otras regiones, entre los que me permito destacar la escuela gallega (M. Paz,..) y algún canario (T. Gallardo).

Si bien son muchos los escultores y artistas que explotan las características materiales de sus zonas de origen, extrayendo matices, colores y sugestiones de aquello que conocen mejor y les resulta más familiar – y en Canarias el nombre de César Manrique es de obligada referencia, – pocos como el palentino Pedro Zamorano (Torquemada, 1953) llegado a La Gomera en su labor docente en 1982, han sabido buscar en lo más recóndito de la impactante orografía insular, unos materiales, hasta entonces reservados a los más avezados geólogos (recordemos que se familiarizó con la riqueza pétrea de la isla con el benemérito Telesforo Bravo), para a partir de ellos, puliéndolos y mimándolos con extraordinaria delicadeza, que no amaneramiento, extraer calidades, ritmos, formas y volúmenes en sintonía con lo más brillante de la plástica contemporánea. Lo que inicialmente eran apreciaciones sutiles de valores mineralógicos, de cristalización, de textura, de color, han pasado a convertirse en cadencia rítmica, ondulación y contraste de pulimentos, haciendo buenos los alientos poéticos de nuestro Pedro Lezcano cuando nos habla “La verdad no tiene dueño…doncella que quiere amor pero no admite secuestro…solo el sabio castamente la desnuda para los que vemos menos”

Ese sabio, nuestro artista, encandilado con los puros aspectos geológicos, a los que en ocasiones la climatología ha contribuído a moldear con refinado juego espacial (de los cantos rodados a las neocompactaciones de origen fluvial), ha ido extrayendo exquisitos juegos visuales y sutiles volumetrías al espectacular repertorio matérico – basaltos con cristalizaciones enriquecedoras, gabros, sienitas, fonolitas, distintas estructuras de bloques plutónicos, traquitas de varia oxidación, diabasas,…-primero en piezas pequeñas para alcanzar en volúmenes más ambiciosos, que culmina con el conjunto “Orogenia” (junto al nuevo Cabildo Insular de La Gomera) acertada síntesis del conocimiento de los materiales y planificación urbana en un acabado equilibrio de gran calado y rigor plástico.

De la andadura anterior de nuestro artista han escrito con acierto Luis Ortega Abraham, Eliseo Izquierdo y Begoña Amezúa, y más recientemente María Martí, Antonio M. González y Celestino Hernández, por ello permítasenos hacer algunos considerandos sobre las obras que ahora nos muestra Zamorano, que forma un abigarrado conjunto de clara conexión con su producción anterior, pero que indican de manera bien evidente, el enriquecimiento de sus fuentes inspiradoras.

Pedro Zamorano, inquieto y lúcido, ha dado nuevos y sugerentes pasos, ya sea incorporando otros materiales (maderas, hierros, bronces, plomos), ya buscando fuentes de orientación en la flora insular, la microscopía orgánica, las culturas primitivas o las primeras civilizaciones, sin descuidar la presencia de valores de nuestra iconografía más reciente, que contribuyen a dar sustentación, simbología y novedad a una obra ya plenamente consolidada tras años de aislada y callada labor.

De una parte están las últimas variaciones de las llamadas “Unidades bolares”, cada vez más sugerentes y combinatorias, unas veces insistiendo en códigos centrípetos, que ofrecen en su interior fracturas y formas con apariencia orgánica, cual disecciones de la naturaleza enriquecidas con pulimentos varios y ritmos plásticos de concavidad y convexidad, mientras otras parten de valores centrífugos para expresar la tensión interna en vectores de ricas pulsiones de contenida dinámica.

Otro grupo lo constituyen las referenciales a la vegetación, obligado vínculo con nuestra naturaleza, para algunos punto final para nosotros punto de arranque, pero llamadas a depuraciones mayores, tal como ocurre a las cabezas pétreas, combinadas con hierro y plomo, que remiten y sugieren desarrollos microscópicos de vibrátiles formas genésicas.

Líneas de más cuajo, actualidad y proyección, en línea con la ya citada “Orogenia”, muestran las llamadas “Unidades prismáticas”, que aportan un repertorio riquísimo de referencias de variado origen, pero todas ellas entroncadas en vetas fecundas de la mejor plástica contemporánea, alcanzando refinamiento en las construcciones basálticas que trasmiten la fuerza telúrica de la más esencial naturaleza, al tiempo que parecen aludir a las primeras manifestaciones megalíticas, en síntesis de lo geométrico y minimal. Otro tanto puede decirse de la serie “Semillas”, llena de sugestión y misterio primitivos que logra en el pulimento y en las suaves ondulaciones de las ricas piedras insulares, referencias culturales modernas y ancestrales al tiempo.

Grado similar de riqueza y misterio cultural muestran piezas como el “Disco” de fonolita, que, en su pureza de formas, enlaza con la mas caracterizadora escultura orgánica del pasado siglo, o el “Zigurat” que trasciende lo mesopotámico, para convertirse en valor que resuma aliento prehispánico americano, cuando no remite al cultivo en bancales y sorribas de Hermigua o Valle Gran Rey a veces coloreadas y ondulantes y que enlaza con espacialidad hoy renovada y trascendente.

He dejado intencionadamente para el final las piezas más recientes que sintetizan las búsquedas del Pedro Zamorano de hoy, que muestran claramente a un escultor que partiendo del enraizamiento insular, va acreciendo su base cultural y plástica para buscar y encontrar nuevos alientos a su indudable capacidad.

Son de una parte los “Fragmentos de noche” que en su poética misteriosa y de contrastes, parecen contactar con códigos prehistóricos de varia progenie, que superan la adscripción insular para penetrar en otros horizontes culturales, en línea al tiempo arriesgada y tentadora, mientras “El Lazo” contacta con iconos de solidaridad e identificación de valores, y que gracias a los toques de luz incorpora trascendencia y simbología nuevas. Ya no es solo el lazo solidario con cualquier denuncia, azote sanitario o postura social, para convertirse en cambio en el desarrollo lumínico y creciente de todo aquello que merezca ser destacado sobre lo cotidiano y vulgar, la luz como referencia ética, que se yergue sobre piezas basálticas cada una de ellas distinta en forma y tamaño, pero con una estructura y corporeidad semejantes.

Más elaborados me parecen los bodegones y libros pétreos en los que es posible adivinar ecos de la plástica cubista o de Morandi pero, que resueltos tridimensionalmente en basalto, alcanzan una fuerza y densidad sublimes. Notable modernidad ofrecen por otra parte sus “Libros para ciegos”, con lenguaje táctil o sin él, en línea con otros artistas contemporáneos españoles, pero cargado de un mensaje ausente en éstos.

El “Bodegón nocturno” o “De noche” es pieza rotunda, que sintetiza muchas de las observaciones ya dichas en otras obras englobables bajo el epígrafe “La luz de la noche”. Es la naturaleza muerta llena de vida, que parece conectar con la rica tradición de barrocos bodegones ascéticos donde la luz juega un papel protagonista de primer orden (especialmente de Francia donde tuvo tanta aceptación por su carga trascendente de gusto jansenista) para rebrotar en escuelas puristas del pasado siglo, especialmente las derivadas de la plástica metafísica (los ecos aquí de G. Morandi son, a mi modo de ver, evidentes).

En esta revisión de símbolos se inscriben las piezas en las que el horizonte vacío es contemplado desde una silla vacía, como si fuese necesario el aislamiento y la noche para captar mejor sus valores, o como en “Luna con dique”, ”Barco” y “Ocaso”. Aquí aluden a la nocturnidad, la naturaleza espectral o la falta de contaminación lumínica, nos hacen ver el hermanamiento profundo con valores que ascienden a lo tópico para convertirse en mágico como también ocurre en las alusiones al mar, la noche o la isla.

Asímismo en una línea de conexión con las vanguardias está su bella interpretación a partir del gran Alberto Sánchez y su El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella que recreada preside nuestro Reina Sofía. Este “Camino a una estrella”, al decir del artista, es ruta de esperanza, donde las escaleras rotas y entrelazadas constatan una realidad compleja y llena de dudas y dificultades.

Otras dos piezas recientes de Pedro Zamorano, “La danza a la luna” y “La luna del bosque” corresponden asímismo a la serie “La luz de la noche”, y muestran la carga de magicismo primitivista y misterio que parecen embargarle, donde los contrastes basalto, luz y ritmo parecen dotarse de fuerza en sus paradójicas combinaciones.

Cada vez es mayor el protagonismo del varillaje metálico, cada vez evidentes las referencias a la plástica del siglo XX, al tiempo es cada vez amplia su carga trascendente y profundizadora en sutilezas formales que, arrancando de la cultura capsiense en lo prehistórico y de Matisse en lo moderno, encuentran siempre vetas nuevas y filones deslumbrantes a los que está llamado a extraer la mena, sin caer en ninguna de las tentaciones fáciles de la engañosa ganga.

Tal como nos señalaba recientemente el antropólogo cultural J. Zulaika, existen relaciones internas entre el primitivismo exótico y el vanguardismo estético, pues partiendo de la “Interpretación de las culturas” de J. Clifford, ha de estudiarse lo prehistórico como cultura fundacional en sus formas elementales de organización del espacio para, de relevos constantes actualizando los aspectos proféticos, chamánicos e iniciáticos, encontrar las metáforas que sigan dando sentido plástico a lo viejo en lo nuevo, o sea que sea radical y enraizada (observen el idéntico origen etimológico) en el hecho cultural básico, que debe manifestarse en esa fecunda y constante renovación tal como puede apreciarse en todos los momentos de la historia de la cultura y el arte en los que la forma ha cobrado dimensión y riqueza, cuando han sabido cargarse de símbolo y de mensaje.

 

Carlos Pérez 

Presidente de la A.E.C.A.