LAS OCHO CLAVES

Texto de Luis Ortega Abraham
Orogenia 1998

LA ISLA

 

Hasta la Ilustración, las Islas Canarias se creyeron los restos emergidos de la Atlántica, el continente ideal hundido entre África y América, cuya leyenda traspaso el mundo grecolatino, se instaló en los cenobios medievales y aún convivió en la era renacentista. Desde el siglo de las Luces, el archipiélago fue laboratorio y campo de pruebas para los pioneros que investigaron las reglas de la naturaleza fuera de los gabinetes y las aulas.

Pisando el siglo XXI, los geólogos unen el origen insular al nacimiento del Océano Atlántico – con las fracturas y levantamientos de la corteza terrestre- a la separación de Africa y América del Sur, y a una intensa actividad eruptiva ocurrida hace treinta millones de años.

Ubicada al suroeste y de origen volcánico, como todo el archipiélago, La Gomera es su isla más erosionada y la que más y mejor disimula su estirpe de fuego. En su piel -353,20 kilómetros cuadrados – apenas se divisan lavas y escorias y, salvo por los roques, las playas negras y los acantilados agrestes, nadie hablaría de su hermandad física y política con el resto del archipiélago.

Redonda, como los viejos cartógrafos y los niños de siempre pintaron las islas –“como un trébol” en los planisferios mediterráneos- mide veintiocho kilómetros de este a oeste, veinte de norte a sur y noventa kilómetros de línea litoral.

Desde simas de dos mil metros, se eleva sobre una plataforma submarina que triplica su superficie; y, desde los altos del Garajonay -cumbre isleña de 1487metros- se planea como una meseta, en cuyos bordes pendientes se excavaron barrancos ariscos en la vertiente norte y menos graves en el sur; las salidas de esos cauces constituyeron los únicos accesos marítimos y, con dos excepciones –Alajeró y Agulo- todos los pueblos se asentaron en sus lechos.

 

 

EL ESPACIO

 

Con 7.501 kilómetros cuadrados y clara frontera geográfica y climática entre las islas occidentales y las orientales, Canarias fue el primer archipiélago poblado de la Región Macaronésica, gozo de una amplia fama literaria, tan generosa con sus bellezas como ignorante de sus carencias y, desde el Medievo fue visitado por aventureros y navegantes de todas las latitudes.

Centrada en el mapa canario, y con solo el cinco por ciento de sus superficie, La Gomera sume todos los paisajes y climas del conjunto y reserva singularidades en los laberintos de su relieve y en los cantiles del litoral, que trepa hacia el Garajonay y otras cimas –La Fortaleza 1245 metros, y el Roque Agando 1126- por una meseta inclinada, herida por barrancos radiales, separados por crestas, cuyas degolladas abren los caminos de la isla

Constituida únicamente por materiales volcánicos y lijados por el viento y el agua, aquí se localizan las rocas más antiguas de la región, anteriores al Mioceno, pero no se registra ninguna erupción en período histórico; subsiste la mejor reserva mundial de flora termófila del Jurásico -que avala la teoría de los desgajamientos continentales- y, sobre todo, una magnífica muestra de los cuatro estadios de su orogenia.

Al noroeste, entre Agulo y Alojera, se sitúa el complejo basal, con una edad estimada de veinte millones de años; la llamada Serie Antigua –traquitas, traquifonolitas y fonolítas actímicas- se ubica en las laderas de Hermigua y están dotadas entre los ocho y doce millones de años; los últimos materiales eruptivos -dos millones de años- están en el término de Valle Gran Rey; y, salpicadas por el norte y centro de la isla, acumulaciones de rocas efusivas, desprendidas y transportadas por los agentes erosivos para desnudar la escueta o imponente apostura de los roques, mojones del paisaje gomero.

 

 

EL TIEMPO

 

Armónica fusión de tierra, agua y bosque, La Gomera tiene una naturaleza privilegiada, y protegida en gran parte – dieciséis espacios naturales- con las reservas emblemáticas del Macizo del Garajonay y Bosque del Cedro, que ganaron los más altos reconocimientos a nivel español e internacional: Parque Nacional, Patrimonio de la Humanidad.

Junto a esta imagen salvaje –paisaje y flora, laurisilva espesa, típicos del Terciario en la región mediterránea- y de amplia difusión externa, su biografía geológica aportó comunes y extraños elementos que Pedro Zamorano se propuso clasificar y trabajar desde hace casi tres lustros.

Orogenia se planteó como homenaje a “una entidad cambiante y viva, La Gomera, que nació hace doce millones de años, más o menos, , y que creció, fue ayudada y desvastada por las fuerzas de la naturaleza; cambió de forma y de piel, de relieves y de materiales; los antiguos envejecieron y, alterados, fueron soporte de los nuevos, estos; a su vez, arroparon a los viejos y, agrandaron la isla en perímetro y altura.

El escultor piensa la isla como resultado -provisional naturalmente- da la lucha entre las fuerzas de la creación y de destrucción, en alternancia y superposición de las rocas, por efectos del tiempo y de los agentes erosivos. Para articular su discurso plástico – un conjunto de prismas y tallas de piedra volcánica- acudió al arcón de los símbolos y, como en una alegoría sacramental, definió y representó los elementos, los jerarquizó por antigüedad y significado y les asignó su par petrogárfico: agua-padre-gabro (roca asociada a la corteza oceánica; tierra-madre-traquita alterada, (formación posterior de tierras pardas, ocres y rojas) y los protagonistas restantes aire-hija-traquita y fuego-hijo-basalto- salieron de las eras recientes, desnudos y en formación, vulnerables a los efectos erosivos y ejemplo de juventud caliente.

 

 

LA GENTE

 

Cromañoides norteafricanos de cultura frugal y sólida anatomía, los primeros pobladores adaptaron sus conocimientos y recursos a una tierra quebrada por barrancos y acantilados, rica en bosque y en aguas; fuertes y ágiles, tenaces y hábiles en los oficios de la guerra y de la paz, no fueron sometidos jamás por las armas y se rebelaron heroicamente contra los abusos del Señorío.

Los colonos fueron oficiales mecánicos, campesinos, peones y algún hidalgüelo y licenciado, gente modesta de los reinos peninsulares, lanzados por la necesidad a la aventura; fundaron los pueblos en las veras de los barrancos, abrieron los caminos por laderas y degolladas, aterrizaron pendientes, las cubrieron con tierra montuna y les llevaron agua para iniciar una agricultura singular, a costa de ingenio y sacrificio.

Herederos de las generaciones que habitaron entre pobreza e injusticia, entre rebeliones y represiones, emigraciones y retornos, los gomeros de hoy afrontan los nuevos retos de una sociedad movilizada por nuevos sectores económicos, que debe conciliar su desarrollo con una naturaleza singular y con su patrón de vida centenario.

Este espacio, con todos sus accidentes, fue el soporte de actividades humanas durante dos milenios, de colisión, fusión y superposición de culturas, de asimilación de comportamientos específicos para este territorio. Y lo mismo que en la geología quedaron testimonios de las diferentes eras, en la historia y en la memoria común de todos los gomeros hoy, perduran conocimientos, lenguajes –ahí está el silbo- oficios, folclores, creencias, supersticiones de tradición secular que, aunque algunos en desuso, se mantienen y se defienden como señas de identidad. Orogenia es también un homenaje a la gente que a la fuerza de vivir esta tierra se parece a ella, que es su misma prolongación.

 

 

OROGENIA

 

Dedicada a la isla y a su gente, fue un proyecto concebido para la plaza pública incluida en el complejo del Cabildo Insular de La Gomera, primero en propiedad de la corporación insular e inaugurado el 6 de septiembre de 1998.

Diego Estévez y Maribel Correa proyectaron un edificio funcional –rectángulo y rotonda asociada a la entrada principal- de cuatro plantas y sótano, diáfano y cómodo en la distribución interior. Alberga todos los servicios políticos y administrativos y ofrece en los espacios nobles, salas de usos múltiples y exposiciones, dotados de modernos medios técnicos.

Para armonizar con la convivencia de la gótica Torre de los Peraza, Torre del Conde, los arquitectos revistieron la fábrica con toba roja –material representativo de La Gomera- y zócalos de piedra gris, y abrieron amplios huecos verticales, salvo en la última planta –área de gobierno y representación institucional- con volado alero y apaisados ventanales sobre el parque y la bahía de San Sebastián.

En el centro geométrico de la plaza adoquinada, de 1.250 metros cuadrados (50 x 25mts.), formada por la plaza trasera del cabildo y dos bloques privados, una estructura de dominio horizontal (15 x 3 mts), integrada por 12 prismas de acero cortén, en grupos de a tres (los laterales con alturas de 295ª 210 cms, y los cuatro centrales como peanas de 135 cms) distribuye y sostiene las cuatro esculturas.

“ Además de evocar las espectaculares formaciones sálicas, empezando por Los Órganos, los prismas con bases irregulares y sin contacto total entre sí, permiten superar la sensación de verticalidad, ordenan espacios nuevos y transitables y encuadran las tallas de modo orgánico. Se trata de ofrecer las condiciones de habitabilidad exigibles a un conjunto plástico, que es eje y, salvo seis bancos de madera, único elemento de una nueva plaza pública” afirma el escultor.

 

 

 

PADRE GABRO

 

Este conjunto monumental de Pedro Zamorano se ilustra con anatomías vigorosas que se plantan, aproximan o alejan de la figuración, según la voluntad del autor y las mismas respuestas de la materia; masas solemnes o dinámicas, con propiedad bastante para crear y gobernar ambientes, realizadas en rocas extrañas y sugestivas arracadas de la piel y la osamenta insulares.

Para alcanzar el lugar de origen del Padre tendríamos que explorar la corteza terrestre, bajo los océanos, donde se formaron las capas de gabro con el enfriamiento del magma del manto; roca plutónica de grano grueso, muy escasa y buscada en la superficie, consta de piroxenos –que le dan su coloración oscura verdinegra- feldespato que asoma en motas blancas y el verde y graso olivino.

Tótem de la era silvestre y feliz, lar doméstico, tutelar de la marcha imparable de la estirpe, personaje conforme a su papel en la función de los estados de la tierra, Padre Gabro enseña su potente torso, su trabajada espalda, sus macizos y altos hombros, y la degollada arista de su cuello.

Precursor, patriarca y sostén del clan, guardián de la memoria y relator de todos los episodios de los suyos, factor de las guerras y las paces, y sumo depositario de las reglas y las mañas para tocar el futuro, con la sabiduría de la vejez, próximo a lo lejano, tan pronto ofrece una certeza o infiere en una cuita, como se vuelve oráculo impenetrable que remite al tiempo, solo al tiempo.

Primer peldaño de la construcción isleña y símbolo de la permanencia, Padre Gabro, es el remoto y negro corazón del fondo marino que emerge, desde el zócalo que sostiene y mesura la tierra, para ser primer actor en la interminable tragedia de su formación.

 

 

MADRE TIERRA

 

No existe improvisación alguna en la búsqueda o elección – a través de senderos transitables, e inhóspitas veredas, costas verticales, montes umbríos, laderas y rudas quebradas- de las rocas que componen esta recia familia gomera.

Tampoco se advierten contradicciones entre la biografía geológica y la apariencia buscada; cada cual se corresponde en hechura, color y textura con el papel asignado. Por último, ningún azar –en el corte, la talla y el pulido- traicionó la fractura de cada pieza y la solución del grupo.

Parejas de porte, Padre y Madre principian el repertorio de materiales volcánicos, reunidos con intención didáctica y tratados con temple épico.

Mientras el gabro significa vejez, densidad, pureza, la traquita asoma porosa y ligera, ante todos los agentes de la vida, alterada con múltiples efectos de oxidación y vestida con todas las gamas de la tierra: ocres, marrones, violetas, rojizos, blanquecinos y con arborescentes dendritas de hierro y manganeso.

En tanto el Padre Gabro resume poder y distancia, la Madre infunde la extraña intimidad y la cercanía de las creaciones paleolíticas y se revela fuerte, misteriosa y tierna, firme en el solar de la historia y fiel a los eternos compromisos de la sangre.

Las formas sensuales y las cálidas entonaciones rememoran el matriarcado severo que mantuvo los campos fecundos y los hogares encendidos, la cotidiana y máxima expresión de la fe en la casta y en el territorio, la inspiradora de los heroicos alcances de las fuerzas humanas, la dimensión más humana de la esperanza.

 

 

HIJOS DEL AIRE Y DEL FUEGO

 

Salida de la traquita altiva, que se desnuda en roques y cantiles, y del basalto que se fraguó en las erupciones postreras, la Hija y el Hijo idealizan dos ciclos geológicos, el presente y el futuro y, además según su autor, la diversidad cultural y generacional de la sociedad gomera.

Entidades orgánicas, fabricadas a cuenta de complicidades entre piedras y escultor, permiten la entrada en el retablo de la sensualidad, el movimiento, el vigor –valores asociados a la juventud- y la versión juvenil de los valores heredados de los padres: el poder, el respeto, la tutela.

Esbelta y sin aristas marcadas, con los pliegues justos y la carne al viento, la Hija –traquita gris verdosa- sugiere la melodía y la magia del bosque, la fertilidad prometida y la protección de la tierra, el amor frente al mar y al horizonte, la alegre espera, la tibieza del hogar.

Lava de volcán encendido, y apagado, hace doce millones de años, apenas un suspiro en la vida del planeta, basalto de talla enérgica, singularizo su piel gris armadura para servir de gallardo paladín de época incierta, hambriento de aventura y rebeldía; sabe que no hay frontera ni país inalcanzable para la casta del fuego, el agua y el aire. Es el Hijo, la fuerza del futuro, que establece las relaciones entre las partes y el todo, que reaviva la tradición y encarna el mito.

En la cuarta figura Pedro Zamorano reflejó el riesgo y el tesón, los aperos con los que el gomero domó el pasado y espía el porvenir. En los paseos sugeridos por los prismas alineados –acero llamado a envejecer como la tierra- y en los ángulos para la visión, la reflexión y la integración del espectador que brindan las esculturas, las masas totémicas se relacionan con naturalidad, proclives al debate y al contraste y ajenas a las estridencias, rabiosamente singulares e íntimamente unidas.